BICENTENARIO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

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Las últimas horas del castillo

Los casacas rojas destruyeron «sin ningún miramiento» la fortificación de los Pimentel tras saquearla durante dos días y pese a los intentos de los oficiales por paliar la profanación y la destrucción

Castillo de los Pimentel después de la devastación de las tropas británicas en 1808El 29 de diciembre de 1808 el grueso del ejército británico abandonó Benavente incendiando el castillo de los Pimentel con los franceses pisándoles los talones. Apenas dos días bastaron para que los casacas rojas quemaran todos los muebles, destrozaran la decoración y prendieran fuego a la admirada fortificación. Un joven intendente del ejército de Moore, August Schaumann, fue testigo de excepción de los excesos de las tropas británicas. Su relato, incluida la justificación de lo sucedido, se incluye en "La marcha de la muerte", el relato histórico Christopher Summerville sobre la huida de Moore hasta el puerto de La Coruña, en cuya batalla pereció por las heridas causadas por una bala de cañón.

J. A. G. August Schaumann, un joven intendente alemán, encontró un pueblo «sumamente pintoresco» y «lleno de cosas maravillosas», especialmente el aspecto del romántico castillo abandonado por la duquesa de Osuna que ante la proximidad de los franceses había huido a Sevilla.
«Dos regimientos de infantería, junto a tres baterías de artillería se alojaban en las dependencias de este magnífico edificio antiguo, donde antaño sólo se podían encontrar orgullosos caballeros, barones e hidalgos, escanciando sus copas de oro acompañados por el sonido de músicos e instrumentos», relata el joven testigo.
«Ahora los soldados ocupaban estas salas con su ruidoso trajín, sin prestarle atención o admiración alguna a las reliquias y tesoros que los rodeaban. Allí dónde el soldado inglés no ve ningún propósito, no concede el menor interés. Bayonetas y clavos de donde habían colgado sus morrales y cartucheras, se repartían ahora por las grietas de esas valiosas columnas o en las paredes hermosamente decoradas».
Schaumann prosigue el relato de cómo las tropas británicas habían ocupado a placer el castillo de los Pimentel: «En la gran chimenea de mármol, ardía un enorme fuego alimentado con los pedazos a los que habían reducido los muebles, magníficas antigüedades doradas o laboriosamente talladas. Lo mismo ocurría en el patio, donde las paredes habían quedado ennegrecidas por el hollín. Sobre estas fogatas habían colocado las cacerolas del regimiento. Las mujeres de los soldados lavaban sus cosas y las colgaban donde les parecía. Buena parte de lo que había fue destruido sin ningún miramiento y se registró hasta la última esquina en busca de algún botín escondido».
Moore había entrado en España con 30.000 hombres. Tenía la misión de ayudar al ejército y al pueblo español en su levantamiento contra el invasor francés. Desde la batalla de Bailén, relata el historiador y escrito británico Christofher Summerville, la nación inglesa vivía inmersa en una suerte fiebre española. Sin disponer de información, los dirigentes ingleses pensaban que en la península todo el pueblo se había alzado en armas contra el Emperador. Sin embargo, cuando Moore cruzó el Tajo desde la orilla portuguesa y se dirigió a Salamanca, comprendió que no había ningún ejército español al que sumarse o con el que colaborar ni ningún pueblo levantado contra los franceses. Por contra, los españoles, a decir de los británicos, se mostraban desconfiados al paso de las tropas. Moore comenzó a madurar en Salamanca la posibilidad de evacuar al ejército expedicionario. Sólo algunas informaciones que resultaron ser más tarde erróneas le hicieron cambiar de opinión y dirigirse hacia Sahagún de Campos en busca de las tropas del mariscal Soult.
En "La marcha de la muerte", Summerville, indica que Moore pretendía así enfrentar a los franceses y a la vez disminuir la presión de las tropas imperiales en el sur. Pero una vez en Sahagún descubrió que Napoleón había cruzado Navacerrada al frente de un numerosos ejército y le pisaba los talones. Moore ordenó la retirada y buscó un punto por donde cruzar el Esla, muy crecido por las lluvias invernales. Eligió Benavente. Según la versión inglesa, el mal trato recibido de los españoles, la caída de la moral por no haber entrado en combate y sobre todo el hambre y el frío, indujeron a las tropas a cometer constantes excesos, com o ocurrió en Benavente. «El soldado inglés, consciente de que habían sido atraídos por los españoles a este país y a esta calamitosa situación mediante falsas proposiciones para luego ser dejados en la estacada, y sabiendo también que sólo quedaba la opción de huir de una infame retirada ante un enemigo tres veces superior en número al que había venido a ayudar a derrotar (ambos extremos no son exactos), e incluso presintiendo su inútil sacrificio debido a la traición, procedió a quemar todo lo que encontraba como una forma de venganza», justifica Schaumann. El intendente hannoveriano añade: «En cierta medida fue preferible que su revancha se descargase sobre objetos inanimados y no sobre los habitantes del país». «Los oficiales, alojados en distintas partes del castillo, irritados por la sed de destrucción y profanación de sus hombres, parecían abatidos por la pérdida y hacían lo que podían para limitar los daños cuanto fuera posible. Pero viéndose superados por el gran número de soldados y por los numerosos rincones que ofrecían estas dependencias, difícilmente podían estar en todas. Además, la insubordinación ya se hacía evidente entre los hombres y a pesar de que se intentaba mantener la disciplina, resultaba imposible contener a un ejército que tenía la sensación de retirarse de un país que lo odiaba», concluye Schaumann.
Mientras esto ocurría, en las orillas del Esla, en Castrogonzalo, la Brigada Ligera del general Craufurd continuaba apostada en la orilla en la que se encontraba el enemigo, vigilando los accesos al pueblo y al puente. A las cinco de la tarde de ese 27 de diciembre llegó la caballería británica procedente de Valderas y mientras el tercer regimiento de Húsares de la Legión Alemana del Rey se encargaba de formar un piquete junto al puente, los últimos regimientos de Paget cruzaban al trote camino de Benavente.
El mayor Napier recuerda cómo «Craufurd comenzó a destruir el puente bajo un torrente de lluvia y nieve. La mitad de las tropas se encargaba de destruir la estructura, mientras la otra mitad mantenía al enemigo alejado desde las colinas de la ribera izquierda porque los exploradores a caballo de la Guardia Imperial ya habían comenzado a ocupar el valle».
Los trabajos de desmonte y voladura del puente (el único junto al del río Mero en La Coruña que los ingleses pudieron demoler, dada la fortaleza de su construcción) continuaron durante toda la noche del 27 y la jornada del 28 bajo el hostigamiento de las tropas francesas. A medianoche, relata el soldado abanderado Robert Blakeney, «cuando acabaron los preparativos en el puente las tropas se retiraron. Afortunadamente, se trataba de una oscura y lluviosa noche de tempestad y la Brigada Ligera pudo atravesar inadvertidamente hacia el lado migo, en medio de un silencio absoluta, que sólo interrumpía el estruendo de las turbulentas aguas y la tormenta. Una vez que nos encontramos en la ribera derecha, fue detonada la mina con toda precisión: los dos arcos volaron junto con el contrafuerte que los sostenía».
En su capítulo sobre "la Carrera de Benavente", Summerville incluye también el testimonio de uno de los últimos soldados que cruzó el puente de Castrogonzalo antes de su voladura, Benjamín Harris, quien resultó derribado por la onda expansiva provocada por la explosión. «Los zapadores -narra- habían trabajado duro para horadar el centro de la estructura, que rellenaron de pólvora, lo que nos obligó a caminar por encima de una plancha. Pero al final todos llegamos al otro lado sin percances. Casi al instante, el puente voló por los aires. Fue una deflagración tremenda y una casa vecina comenzó a arder. Mis extremidades aún temblorosas no resistieron y la explosión me envió al suelo donde quedé tendido semi-inconsciente. Pasado un instante, me pude recuperar, pero tuve que hacer un gran esfuerzo y volví a caer varias veces antes de alcanzar nuevamente a la columna para llegar a Benavente».
La Brigada de Craufurd entró en Benavente agotada por dos días y dos noches de trabajo incesante, con las ropas empapadas. Según Summerville, basándose en el testimonio de Blakeney, la recepción con la que les esperaban los benaventanos era tan fría como el tiempo, hecho al que había contribuido también la «conducta deplorable» de las primeras tropas británicas que habían entrado en el pueblo. «Además -puntualiza el historiador- muchos españoles comenzaban a darse cuenta de que los británicos los abandonaban ahora a su suerte, lo que significaba la proximidad de la ocupación francesa con las correspondientes represalias»
En sus memorias, parte de las cuáles recoge Summerville, el abanderado Blakeney describe como después de la destrucción del puente llegó el 52º Regimiento a Benavente y, a pesar del desfallecimiento por el agua y el frío, la tropa no conseguía encontrar «ni tan sólo una pinta de vino, ya fuera por caridad o dinero, inclusive por la mera humanidad que en las circunstancias en que nos encontrábamos hubiese movido a la mayoría de los hombres a realizar un acto caritativo de generosidad».
Ni las peticiones ni las súplicas parecieron valer. En estase se encontraba la tropa cuando un teniente apellidado Love recibió información de un sargento sobre el descubrimiento de una pared tapiada recientemente en una de las casas pertenecientes al convento en que se alojaban. El teniente decidió abordar a los frailes rogándoles que diese algo de vino a sus hombres ofreciendo un pronto pago del mismo.
«El grande y rechoncho abad insistía en negar por toda una larga lista de santos, que en aquella casa hubiese una sola gota de vino», afirma Blakeney, que cuenta como el teniente, lejos de rendirse, inspeccionó el lugar, halló un tragaluz y descendió a través de él valiéndose de una cuerda. Otros dos hombres se sumaron al oficial, que descubrió lo que parecía una pared recientemente tapiada, y a través de una grieta, una puerta con numerosos candados. Utilizando un tronco y las cuerdas, derribaron la tapia.
«Una vez que consiguieron pasar al otro lado a través de la brecha abierta, se encontraron con el mismísimo sanctorum de Baco: allí había suficiente vino para repartir generosamente a cada miembro de la compañía. El brioso caldo estaba en el interior de una gran cuba y cuando comenzaron a extraerlo ordenadamente para darse a los soldados que tiritaban en sus uniformes empapados, apareció el rechoncho religioso a través de una trampilla y pidió en forma risueña que le concedieran un último trago antes de que acabaron con todo».
Blakeney completa así la anécdota: «Uno de los hombres le respondió: ¡Por Júpiter! Cuando el vino era aún suyo se comportaba como un condenado tacaño. Pero ahora que es nuestro, ¡le enseñaremos cómo funciona la hospitalidad británica y le daremos un buen trago! Y diciendo esto, agarró al rollizo sacerdote y le hundió la cabeza dentro de la cuba. De no haber sido por Love y por varios otros oficiales que llegaban en ese momento a la bodega, aquel franciscano devoto de Baco probablemente habría corrido la misma suerte que George, duque de Clarence (que murió ahogado en un tonel de vino dulce de Madeira), excepto en que este vino no era un Malmsey».


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