"HIERBA2 (continuación.o. de panthoseas)

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III

 

 

Reflejo cabal de nuestra pobreza venía a ser el jergón en que yacía mi madre: lleno de agujeros y soledad. Tras siete días en coma rompió su estado, se incorporó de pronto con los brazos hacia adelante y exclamó: ¡ Madre, madre  querida… ! Cuánto, cuánto he tardado ¿ verdad ?

Y enseguida, aunque cayó muerta para atrás, me di cuenta de que sus facciones habían recuperado una  laxitud perfecta; parecía increíble que tras haberlas contraído tanto y de forma tan amarga durante los días anteriores, pudiesen aparecer ahora tan relajadas y llenas de ternura. Sin embargo yo había visto aquello. Vi aparecer en el aire a mi abuela Benita, vi cómo desplegó sus manos, cómo poco a poco las fue acercando para coger las de mi madre para luego, suavemente, llevársela. Y aunque yo en mi corazón sabía que se la había llevado, mi razón me decía que no podía ser y que mi madre estaba allí, tendida y muerta porque la veía y yo con ella, y también con Lucino, a  dos pasos muerto, y con Popo, inmóvil y temblando, helándose bajo las mil torrenteras que a mares y heladas caían del tejado ¿ Qué, que había visto en realidad, qué… ?

.- Pero ¿ y qué ha pasado aquí… ! - más que sorprendido clamó mi padre al entrar en el corral y descubrir el universo destrozado y boca abajo. ¡ Dios mío, Dios Santo, qué ha pasado, qué ha pasado, Dios mío, Dios mío… ! - insistía una y otra vez dentro de su gabán hecho jirones y sin saber qué hacer con las manos, ni con los pies ni con nada. Y a través de la niebla y la mampara rota del tiempo viejo que todavía se estaba yendo por entre las sombras de de la casa, pude verlo cómo abandonado caía de rodillas, desgreñado y abatido junto a Lucino intentando recoger su cabeza, juntar sus trozos y, con las manos abiertas, como extenuado y absorbido besárselos con infinita timidez; lo vi deambular después en los reinos del candor y la ausencia, persiguiendo ye acariciando inútilmente la sangre congelada de Lucino por entre cantos y chinas negras, a lo largo de los hilillos de los regatos cubiertos de carámbanos, pues vi cómo la señalababa y la seguía ensimismado con los dedos porque una y otra vez se le escapaba de las manos. Y juro, puedo jurar por mi madre muerta, que lo vi llorar a un tiempo con los ojos y el corazón.

Y ya, al rato, como si volviera de muy lejos tras intentar ahormar y demostrar su impotencia ante el bastión trastornado del mundo, fue cuando reparó por fin en Popo y en su ropa salpicada por los sesos y la sangre de Lucino, y le dijo:

.- Hijo ¿ pero qué haces ahí, tesoro… ?

Y lo separó de debajo del agua,  le rodeó con los brazos el cuello amoratado por los golpes y el frío, se lo restregó y lo hizo andar, lo llevó a la cocina, sopló en las brasas haciendo que se acerca a ellas. Luego, cuando salimos para coger a Lucino, recuerdo que, sin embargo, ya no lloré. Posiblemente fuese porque me encontrara en el acto primero de mi nacimiento y las cosas, aunque andaban marchando y creándose por aquí y por allá dispersas y difusas, en todo caso, y por primera vez, se me presentaban a la vez luminiscentes y podía moverme por entre ellas, como si se tratara de esa bulla agraz e íntima con que se abren al sol y la brisa las flores nuevas tras cruzar el océano de la tormenta. Sólo sentía que amaba, que amaba seca y radicalmente a Lucino, y y a mi padre, y a Popo. Sí, sentía que amaba a Popo de igual modo a como en ese instante pretendía amar lo que de mi madre quedaba sobre el camastro… ¡ Oh, Dios de todos los desastres... !

A Lucino, como pudimos, lo dejamos tendido sobre un escaño de la cocina. Ni mi padre ni yo podíamos mirarlo con el debido detenimiento ni compasión porque la raja le abría la frente y la nariz y le llegaba hasta los dientes y no se podía resistir, pero sí lo hacía Popo,, pues, con los ojos más extraviados que nunca y sin  poder hallar reposo con los pies en ninguna parte, aterido y temblando, no cesaba de volver insistentemente la cabeza, y con las manos, crispadas y torcidas como las tiene, no paraba de pasárselas por ella, hasta  que se hizo un hematoma con sangre lo largo de la frente.

                                


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