HIERBA (novela - comienzo)

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HIERBA

 

 

I

 

 

 

 

- Anda - vi y oí perfectamente cómo le dijo mi hermano Lucino a mi hermano Popo poniéndose de rodillas delante de él - coge el picachón y escáchame la cabeza, que madre se está muriendo y yo no quiero ver.

Y Popo, cogiendo el picachón, lo levantó con toda su alma, y a tres pasos de donde yo me encontraba con mi madre a  punto de expirar, lo bajó con su fuerza descomunal y le abrió a Lucino la cabeza a la mitad.

 

             

 

 

II

 

 

                                                 

Éste fue en realidad el primer día cierto de mi vida, justo cuando pude levantar los ojos para, a través de los cristales agrietados de la ventana, entrarme por ellos como esquirlas vivas los sesos y la sangre de mi hermano; no, no pude gritar, pero sí arañarme y desollarme los dorsos de las manos porque allí mismo, en el exiguo corral de mi casa, de entre el abono, la miseria y piedras negras impregnadas de toda clase de orines y pudrimientos, había empezado a manar de repente el horror humano más brutal y descarnado que cualquiera pudiera imaginar, impregnando el ambiente con una carga de tragedia desolada y dura, completamente aciaga, imprevista y escalofriante.

Recuerdo bien que era al anochecer y que llovía con una lluvia fina y pertinaz bajo un frío intenso. Aquel breve ínterin quedó grabado para siempre en mi cerebro con todos sus detalles mediante una impresión profunda, acaso desmedida. Lucino había quedado despatarrado sobre el abono y el barro, y desde las canales y los aleros desvencijados del tejado, sobre la cabeza de Popo caían lengüetazos de agua-nieve revueltos con restos de hojas secas y cuajarones de hielo.

Y si afirmo que este instante constituyó el fue el primer día cierto de mi vida, afirmo que también hizo de último, pues vi que un sinfín de cosas eran cosas por última vez porque todo que se iba, se retorcía, se reagrupaba sobre sí mismo y se marchaba deprisa como hacia el cielo y por encima de los tejados, como si al hacerlo se diluyera para enseguida difuminarse por entre el claro del aire y perderse definitivamente tras el humo de las chimeneas; y puedo decir, asegurar por tanto que vi, que vi con nitidez huir y  desaparecer sin dejar ningún rastro no sólo lo que siempre había visto y tenido por cierto e imperecedero, sino que además lo hizo sin que yo yo pudiera detenerlo ni con las manos ni con la voluntad. Yo no sabía en aquel instante por qué era aquello ni cómo sucedía, por qué las piedras, el verdín y musgo de los muros, lo mismo que la edad y el conocimiento, se fundían sobre sí mismos y ya no lograba dar con ellos, pues cada cosa había perdido o estaba perdiendo de pronto la consistencia de las formas, trastocado sus significados y posibilidades, sus colores, por lo que inmediatamente después ignoraba si todo ello estaría lejos de mí o cerca, si lo duro de siempre se habría caído por completo o, por el contrario, si aún siendo intangible seguiría en su sitio, rígido y sosteniendo los cimientos y ataduras del mundo. De cualquier forma, de mis conceptos y percepciones anteriores se había escapado por completo todo. Por tanto, en el intramundo de ese enloquecido desaparecer y desaparecer ni siquiera sabía entonces qué era o en qué podría consistir la oscuridad, así como desconocía también acerca  de las leznas con que sería capaz de agujerear el corazón de las personas, ni tampoco, jamás, nunca, me había parado a observar el poder que por sí mismo tenía de bajar lo alto hacia lo bajo y lo bajo subir hacia lo alto, o sus habilidades respectivas para fundir y diluir lo más insospechado, atraparlo, envolverlo en nada como si fuera eco y convertirlo en otra nada exacta, tal y como si por los siglos de los siglos, y de ninguna manera, hubieran  venido alguna vez a la existencia concreta, y ya fuese su presencia, ya sus propias dimensiones. Ello ocurría cuando justo yo tenía 13 años, Lucino 14 y 15 Popo.


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