CURSO SOLAR SOBRE VECILLA por A. Justel

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CURSO SOLAR SOBRE VECILLA

Unas palabras a modo de prólogo

... es probable que la memoria épica de Doña Urraca introdujera para siempre la castellaneidad o castellanismo en Vecilla de la Polvorosa, partido judicial de Benavente y anejo a Morales del Rey, entre los ríos Órbigo y Éria, en la hondonada, en el recodo del valle, aldea no sólo de tapial y adobe, sino sin carreteras comarcales ni apropiados puentes, sin estaciones ni apeaderos, siempre al otro lado, en la elíptica estática de la consumación y el tiempo.

... corre mil novecientos cuarenta y tantos y el edema de la guerra civil planea como escaparate vivo de silencios, un escaparate sólo roto en la sordina de la noche, o en la del corazón, que es más larga y dolorosa. Algo había detenido, digo, los ensayos del tiempo que no el hambre, combatido a golpe de racionamiento y estraperlo, de hogaza guarecida en el arca tantos días como dieran de sí los instrumentos del resistir y el alargarse sin más.

... testigo y cronista fiel, por tanto, a juicio de error y de memoria vengo a andar somero de pincel y de escrutinio, pues nunca lo exhaustivo llevó quizá consigo otra visión más limpia del conjunto. Recogeré un leguaje casto cual al uso, si bien no exento de un Quijote derruido o de arrumbes advenidos al reposo de un solar atento – tanto es el silencio aquí – a la vez que la agudeza pícara y socarrona plasmada en nuevos vocablos o nuevas locuciones que han dado socorro a conceptos acuñados en las profundidades populares, siempre tan acomodadas ellas al ser mismo de la ocasión y, por tanto, sabias. Cualquier barbarismo de sentida remembranza, o asentado por el mero paso circunstancial de un tiempo que circuló redondamente, habrá de estar aquí sin más sobresaltos ni contratiempos que su propia hazaña de envejecerlo todo y sin otra condición ni término previstos o acordados. Habrá de ser, eso sí, tal cual se alumbra ahora, desde esta perspectiva de una modernidad o postmodernidad rauda, sobrevenida sin aviso casi y sin atuendo, cual repuesto para esta destrucción que nada ha respetado de la eternidad después de tantos siglos o, apenas, de tan pocos o escasos días.

... testimonio sea esto, pues, recuperación si ello fuera posible – insisto – de una historia que tal vez pudiera utilizarse "ad exemplum" por Castilla o León o León y Castilla, que tanto cuadran uno y otro en uso y geografía. Nada quede en este escrito sino lo que otorgan la veracidad y el sentimiento, la vinculación al hecho de forjar una memoria que a fuerza de objetiva y, doliéndose a veces a causa de tanta rallazón habida, de ningún modo ha de encontrarse privada de cariño. Por tanto, y tal cual fue, así lo cuento.

I

...ardía la leña, crepitaba, y el humo iba tomando lentamente los rumbos de las corrientes de aire que comunicaban la chimenea con la puerta de la cocina. Tras haber recogido los hombres los bueyes y las caballerías en las cuadras,tras haber sacado de éstas unas cuantas tornaderadas del último estiércol producido y sustituirlas por paja fresca y echar en los pesebres una empajada, uno a uno, y frotándonos las manos, se fueron reuniendo en torno a la lumbrada. No era grande la cocina y, al entrar, olía a unamezcla de humo de encina, de álamo y de chopo, también a caldo rojo con que aliñaba mi madre aquel pote de patatas con bacalao que hervía desde hacía rato deforma ininterrumpida, gorgoteando de manera alegre, excitada y excitante por la lumbre viva. El chipitel y los hierros llares, abrazados entre si, colgaban del cañón de la chimenea sobre la trébede, mostrando el horno de amasar su boca negra y profunda por encima, justamente por detrás de las brasas. En los laterales, había dos bancos grandes y chirriantes de madera, y, entre ambos, algunas banquetas, fruto de la voluntad doméstica, es decir, construidas por algún artesano iniciado por la fuerza de la necesidad en oficios disparatados e incomprensibles. En el resto de la cocina, además del cántaro, siempre con agua atenta y disponible, se alzaba un vasar con alacena, una mesa robusta y negra y una camilla, éstas con hules de colores a cuadros y demolidos ya por el trajín y las friegas diarias sin mientes ni reparos. En lo alto de la cocina, pendientes del techo por dos cuerdas gruesas de esparto,podían verse dos o tres palos largos – denominados "latas" – y en estas fechas vacíos, destinados al soporte y lenta curación al humo de los chorizos y las longanizas. Y ya, en el corral, adosado al tapial exterior de la cocina misma, el pozo con su pila de abrevar animales, y, sobre el brocal, el caldero con su soga empapada para sacar agua a mano, manera o hecho éste que siempre guardó cierto intríngulis o habilidad personal, y que quién sabe si tal vez no deviniese de tiempos ancestrales, entrañando una singular maestría adquirida en continuadas y pretéritas existencias.

... así, pues, entrando en la cocina, mi abuela y mi abuelo se sentaban a derecha e izquierda respectivamente y siempre en el mismo sitio, porque esos sitios eran los suyos, los únicos exclusivos. Los demás nos sentábamos según fuéramos llegando, y, en un invierno de los años cuarenta, las diez de la noche es una hora muy tardía a su paso por Vecilla; por lo que, si alrededor de la lumbre unos u otros no insistían con los niños para que aprendiean las letras del catón, clavado éste sobre la cal del tapial, junto a la boca del horno, alguien seguramente leía unas páginas de alguna novela del XIX o algún folletín al uso del tiempo, de aquéllos que se publicaban por series y entregas semanales, las cuales en mi casa eran esperadas como agua de mayo, si es que a Benavente llegaban aquel jueves de mercado, como lo venían haciendo desde hacía mucho tiempo con pntualidad exquisita. Mi abuelo, a pesar de su robustez y fuerza, de su serenidad inconmovible, era en cambio un sentimental, puesto que oyendo los entresijos de tales menesteres le perdían los ojos y el corazón. Yo pensaba que si él lloraba, con lo fuerte y grande que era, aquello necesariamente tenía que ser muy triste y muy importante, y que asimismo llorar por sentimiento debía ser correcto y bueno; aunque no cabe duda que hasta la "Leona" y Tula, nuestras queridas perras mastinas – que se habían recostado al fondo de la cocina con talante impasible, mirándonos a todos y a la lumbre – levantaban lánguidamente los párpados, por lo que entonces podían advertírseles henchidos, como llenos también de ternuras y de inocencias indescriptibles.

... cenamos alrededor de la camilla y al lado del rescoldo de las brasas, todos en la tartera; una de aquéllas rojas, de barro, de Pereruela, comunales y redondas. Durante la cena, de mano en mano anduvieron aquel día de que hablo la hogaza y la botella de vino recién echado del barril o la cántara, y volaban de boca en boca dee igual modo una y otra vez los asuntos del día concluido y los tocantes al siguiente, motivo por el que terminó recordándose que mañana sería la matanza y que, por tanto, habría que avisar a no sé quién y a no sé cuál, y que en vista de ello, antes que en sus casas se acostaran, alguien debía ir corriendo a recordárselo también a los invitados, y los chicos, sin duda, valíamos para eso como nadie podía hacerlo [recuerdo que, para animarnos, nos decían que íbamos como bicicletas, fíjense bien] clarto que también valíamos para llevar desayunos y almuerzos a lejanísimos predios, así como "dieces" y "cincos" a todas partes, y, cómo no, para recoger los animales procedentes de la vacada a la puesta de sol o las ovejas enseguida, al caer la noche, o para llevar bueyes y vacas a pastar durante todo el verano a los plantíos, o incluso, por qué no, recorrer veredas y márgenes del río con manadas inmensas de pavos absolutamente desaprensivos y tontos, pero capaces de devorar saltamontes y renacuajos y no dejar uno por los recodos más intrincados de la tierra ni bajo la solaz del cielo

II.

... cuando me levanté, ya el sol caía a raudales por los tapiales abajo. Hacía mucho rato que por aquí y allá había oído hablar, toser y reprender a los animales. Habían movido también a mano el carro de varas para arrimarlo a la pared del corral. Por tanto, a medio atar los chancros, y evitando los reguerones del agua de lluvia del corral, y saltando de piedra en piedra, desde el otro lado de la casa conseguí lleguar a la cocina. Mi madre y mi abuela terminaban en ese momento de hacer las sopas, las de ajo, las de siempre, por lo que los pucheros de barro melado y rojos, para no enfriarse, formaban ya un semicírculo en torno de una lumbre resplandeciente y hermosa. Y eran muchos porque habían venido ya mis tíos y mis primos de Zamora a pasar la Navidad y, de paso, a acompañar y celebrar naturalmente el acontecimiento de la matanza. Cada cual tenía asignado "su puchero", el cual reconocíamos enseguida por alguna señal o mancha o teto, o de tanto usarlo día a día con cariño y sin más. Solíamos echar una buena cucharada de pimentón de Jaraíz de la Vera encima de las sopas, el cual les hacía adquirir aquel sabor especial y delicioso a ajo picante. Cómo nos gustaban estas sopas de ajo, hechas con la miga pura de la hogaza, miga que mi madre, con el cuchillo grande, había ido cortando pacientemente sobre el regazo en finísimas láminas sin pizca de corteza. ¡ Parecen de manteca, decíamos agradecidos al saborearlas !

... y a buena hora de la mañana llegaron las amistades y parientes que venían a ayudar en la matanza. La noche anterior, antes de acostarse, ya mi madre había lavado los lomos de los cochos para que salieran de la cuadra relucientes, limpios y vistosos, pues se le notaba un cierto mimo y orgullo en estas cosas. Cuando abrieron la puerta de la cochinera, ambos cerdos parece que hubieran intuido la mayor calamidad del mundo, por lo cual, el primero, cual alma que llevara el diablo, salió corriendo y gruñendo sin mirar por dónde se escapaba y escurría. Rápidamente cinco o seis hombres se abalanzaron sobre él, y, tras perseguirlo por el corral y restregarse cerdo y manos y brazos y piernas de hombres contra todos los enseres del universo y las lizades de las paredes, lo cogieron con decisión por las orejas, por los corvejones y el rabo, pero él, con lamuerte acechándole y con cerca de dieciocho arrobas, se esforzó sobradamente y se defendió cuanto pudo resbalando por el barro y dando tumbos con aquel gruñido que bien pudiera atemorizar a Vecilla entero y sus contornos. Lo recuerdo con los ojos vidriosos, con la boca levantada y abierta, gruñendo descomunalmente con el vinco puesto, y, por supuesto, sangrando a raudales por el hocico. Arrastrándolo y a tirones, los hombres lo llevaron al corral de la casa vieja. Allí estaba preparado el banco de matar, el de la muerte, aquel banco de madera de nogal intensamente oscura, estrecho y liso, con uno de los extremos descuajado.Con determinación tumbaron el cerdo sobre el banco y le ataron las patas al tiempo que todos, como mejor pudimos, contribuimos a sujetarlo por todas partes. Las mujeres ya tenían dispuesto un caldero grande y lo pusieron enfrente y debajo, en el suelo, a la altura de la degollina. Por fin, y acto seguido, alguien cogió un cuchillo tremendo y, con ritualizada decisión, con inusitada precisión lo introdujo a través del cuelo y hacia arriba, justo en el medio y por debajo de la gran papada. Y entonces, entonces fue cuando los gruñidos emitidos por el animal debieron ser oídos en el ámbito total del pueblo y más allá de sus límites y contornos; era cuando la sangre salía a chorro como enloquecida golpeando contra las paredes del caldero, el cual con asombrosa rapidez se iba llenando y llenando, hasta que en breves minutos, y poco a poco, los impulsos del cuerpo y los gruñidos enormes fueron cediendo paulatinamente, mermando, apagándose, hasta terminar por convertirse los últimos en un resuello mínimo, en extremo lánguido, y el cerdo quedó quieto al fin, inmóvil, con la piel expresivamente blanca, indiferentes los ojos y completamente desangrado.

... y enseguida vino el segundo cocho, y obvia, y certeramente, vino a interpretar aquél mismo recorrido por entre la barahúnda de gentes y cuchillos, y, por ende, describió también los mismos e idénticos derrotes y también alcanzó la misma suerte, adentrado ya bien el pasmo de la fiesta y en los umbrales del fuego.

... para chamuscarlos prendimos manadas de pajas largas de manojos previamente desgranados aposta de trigo y de centeno, y con ellas quemamos las cerdas hasta "aburar" la piel y saltarla. Y cual indeclinable rito y ciencia, se cortaron después los rabos, y – como siempre, desde hacía poco- yo corrí a la cocina para, previamente rallados, tirarlos en las brasas. Las mujeres se llevaron la sangre para cocerla y, en una buena fuente, condimentada con aceite, sal y vinagre, volver con ella al rato para que se picara al compás de la faena y se alegrara de este modo la marcha del día y de la fiesta.

... con trozos de teja roja, de la de los tejados, y bajo chorros de agua caliente, que con jarras se arrojaba desde lo alto, rallábamos la piel a los cerdos chamuscados, apartando la suciedad y la sangre requemada, por lo que quedaban rojos, sonrosados y limpios hasta las pezuñas, dispuestos de este modo para ser definitivamente colgados de la viga gorda de la astrocasa y de manera diestra abiertos en canal de arriba abajo.

... hecho esto, se les extraían a continuación los intestinos, las asaduras, se curtía una zambomba con la vejiga y, por fin, descolgados ya, eran descuajados aún más y separadas sucesivamente las ojas de tocino, los lomos y perniles, e igualmente lo eran las mantecas, de donde, una vez derretidas en caldera de cobre, salían los coscarones, entre los que se freían tostas riquísimas de pan para comérselas en el acto con azúcar y sin esperar a más.

... los intestinos se lavaban en la corriente del río y las carnes se picaban a cuchillo. Y ya, después, a máquina, o no, según, y tras remover una y otra vez y adobar y sazonar bien las chichas, se hacían las longanizas y los chorizos, se preparaba y apretaba el fernandón y se procedía a colgarlos de aquellos palos largos o "latas" de que hablamos más arriba, en los rumbos del humo de la leña de la cocina, embutidos que al cabo del tiempo, suficientemente endurecidos, serían guardados en el arca de roble, aquella situada junto a la pared del norte, de donde recibiría el frío necesario para una curación completa. Ah, y todo, eso sí, al rebozo de una capa de manteca nueva, o de una pizca de aceite, capaces de preservarlos de humedades y molicies, conservándolos hasta la entrada misma del próximo verano.

Y puedo asegurar que nunca vi u oí a nadie quejarse de la sangre. Acaso fuera porque, cuanto más bajo se encuentre el sol, más alta vaya el hambre, o porque, simplemente, la matanza aconteciera como milagro sublime cuyos resultados había que alargar y alargar con increíble desgtreza a lo largo del año. Aunque tan lejano, tan lejano aparezca ya en el tiempo para recordarlo y decirlo ahoraq, sin embargo.


III


... la Noche de Reyes constituía la tercera colación: cena extra con añadidos de turrón, coñac, anís y basta. Todo lo demás eran juegos, risas y partidas de cartas al amor de aquellos braseros de cisco y faldas de camilla. En el mejor de los casos, a los muchachos nos dejaban los magos una pelota de goma no muy grande, o un carrito de cartón-piedra con vaquitas y una cuerda atada al yugo para arrastrar piedrecillas, un puñadito de heno o un poquito de arena... Era un privilegio y, desde la distancia, aún continúa siendo una referencia mágica e irremediablemente asombrosa y aun tiempo cegadora

... tras la misa de gloria del día siguiente, los chicos cogíamos un cesto y, como locos, marchábamos a casa de los respectivos padrinos o madrinas en busca del aguinaldo. Es difícil concebir ahora qué representaban para nosotros aquellos regalos, puesto, que yo sepa, los padrinos nunca se ocuparon de los ahijados porque acaso no llegaban a verlos nunca durante el año debido, quizás, al deterioro mismo de esta institución, venida por lo visto a menos de forma natural a partir del tiempo ya lejano de las epidemias. De cualquier modo nos hacía ilusión. A mí mucha. Tenía que ir al pueblo de al lado y allí me llenaban el cesto de frutas, de cacahuetes y aceitunas, y en el bolsillo me metían perras chicas y gordas... Y todo aquello era mío, mío, exclusivamente mío y en consideración a mí, y ello por lo que fuese, que nada entendía del todo bien, pues, a decir verdad, y a pesar de la emoción, tampoco me entretuve demasiado en aquello del padrinaje ni del ahijamiento consiguiente y lo que en sí mismo pudiese implicar. También surtía, sin embargo, algún otro efecto, ya que me viene al recuerdo que el padrino de turno y familia aprovechaban para hacerle al ahijado las mil y una preguntas a la luz de tan cándidos años, y el ahijado cantaba o contaba lo que fuera con la inocente intención de presentarse en tan solemne ocasión simpático, o porque pocas veces alguien parecía dedicarle a uno tanto tiempo expresamente, hecho que he de reconocer que seducía la conciencia de un niño debido a una obligada y puntual sumisión a tales padrinos o madrinas. En todo caso, allí quedaba, dicha y relatada, la pascua bendita de las fatigas de tu casa que, aunque bendito en su inocencia uno - pues no hay cosa que un niño no intuya o se le escape - como un tonto vas y das noticia, santo y seña de todo, bajo el atuendo del regalo y el velo resplandeciente, digo, de la intrépida, solícita y agradecida candidez.


IV

... la casa-escuela era un altísimo edificio de dos plantas con gruesísimos tapiales. En la planta alta vivía la maestra – en Vecilla el maestro siempre fue maestra – y, en la baja, se encontraba la única aula de clase mixta con sus pupitres corridos de a seis y, apretándose, ocho alumnos. En la parte delantera, junto a la maestra, y a su izquierda, se hallaba el encerado, el cual era pequeño, un poco carcomido y con trozos estigmatizados ya por la pura carcoma y su blancura. Al otro lado, el mapa de Europa exclusivamente, con Gibraltar incluido y unos tímidos pasos más por debajo del mar Mediterráne, hasta verse Melilla y Ceuta, Tánger y Tetuán. Había asimismo un estante con unos tomos destartalados y viejísimos del Quijote que, al igual que habían hecho nuestros padres, leíamos todas las mañanas nada más entrar. Lo hacíamos a la redonda y en voz alta en el estrado o tarima, continuando uno donde lo habiese dejado el anterior y muy cerca del sillón de madera de la dura y sobria maestra, desde donde, si nos atascábamos, alargando la mano solía darnos un mosquilón para hacernos despertar y arrancar de nuevo.

... en invierno, en la escuela hacía mucho frío, y probablemente la mayoría de los niños de España no lo olviden tal vez. Cuando el frío, digo, se volvía irresistible se nos permitía llevar – y no siempre ni todos podíamos permitírnoslo – alguno de aquellos calentadores de barro con agua hirviente enfundado en una media de lana negra, atada por arriba; o bien una botella de vidrio, que tanto daba, y que al fin venía a dar una nota de modernidad y prestigio en los acomodos e inventos del calor, dado que ya parecía que los cantos calientes y metidos en los bolsillos empezaban a decaer por tanta riqueza y adelantamiento. Calentador o botella los poníamos entre las piernas o debajo de los pies, o en las comisuras del alma, o donde fuera para salvarnos. Alguna vez, a los más pequeños se nos dejaba sentarn al sol en los entrantes de las ventanas, aquellas aberturas enormes con barrotes y adornadas con un par de geranios, que tan floridos se ponían sin embargo al comenzar las primaveras y tanto hornamentaban.

... en la escuela entonces era dado poner en práctica- y con qué rigor, Dios mío, con qué rgior – la máxima agustiniana de que "la letra con sangre entra". Tal vez pudiera creerse que las presuntas dotes maternales pudieran haber dado al traste en esta partedel mundo y de los siglos con semejante conseja del santo, pero no. De esta suerte, se prodigaban las bofetadas restalladas en la cara sin pudor y a bocajarro, abundaban los castigos con chinas bajo las rodillas por semanas enteras, o de días y días de pie frente a la pared con los brazos en cruz y con un libro en las manos y sin bajarlos; abundaban, obviamente los listonazos en las palmas de las manos y en las yemas de los dedos apiñados precisamente cuando más frío hacía... (a menudo por haber cogido tan sólo una manzana de una árbol, o una espiga de cebada de cualquier huerto o finca abierta alos caminos y al cielo; hecho éste que el mismo dueño – siempre vigilante – habría corrido sin demora a denunciar a la maestra persiguiendo y demandando justicia) Aquella era nuestra España.

... los sábados de mayo, naturalmente, en voz alta rezábamos el rosario, hacíamos el ejercicio de las Flores a María y, naturalmente, se endurecía el estudio y toma del catecismo. Y por las tardes, después de clase, grandes y pequeños asistíamos a la doctrina – catequesis hoy - bien sabido el padre Astete con aquella letra tan pequeña y, tanta, que apenas me daban los seis años para aprenderme de memoria y de corrido aquel párrafo inacabable y del demonio al que denominábamos "los infiernos". De otro modo no podrías obtener el veredicto favorable para hacer la primera comunión y habría que esperar por tanto – además de ser vituperado por zoquete – año tras año hasta lograr aquel empeño.

... la edad de don Jacinto, el cura, a mí me parecía inconmensurable. Había bautizado y casado a mis padres, y, aunque sumamente delgado y tuerto, caminaba recto y con la pistola al cinto, la cual, al vestirlo los monaguillos o al andar o al montar a horcajadas en aquella antiquísima mula - que decían haberle regalado el obispo al cantar misa - se le notaba debajo de la sotana y nos daba miedo. Pero sobre todo don Jacinto pegaba, pegaba con saña palos monumentales,pues, por lo más nimio, era capaz de coger una de las muchas varas zurcias de que disponía en la sacristía y te baldaba la cabeza, por lo que enseguida te salían abultamientos o ronchones colosales a lo largo de ella. Como variante, nos cogía de los pelos a la altura de las templeras, es decir, por encima de las orejas, y, con el pulgar y el índice, sin contemplación alguna tiraba y tiraba sin cesar para arriba, y de tal manera, que bien parecía que fuera a arrancarnos para siempre los pecados más decrépitos o la ignorancia más profunda de la cabeza o de las entrañas de la tierra. Pero, eso sí, don Jacinto era muy respetado y temido por todos, sobre todo - y por qué no decirlo - por el alcalde y la guardia Civil. Y ello resultaba tan natural porque siempre parecía haber sido así y su ser y su presencia se consideraban un carácter del pueblo sin remedio. (... oh signos de los tiempos, digo ahora, oh signos nuestros con nuestras desgracias en definitiva no siempre abandonadas...)

VI

... e febrero, por las Águedas, era el tiempo en que se renovaban las parejas de bueyes. Durante dos o tres jueves, el mercado tenía lugar en Benavente, en aquella plaza en cuesta con piedras adoquinadas y tan bulliciosa por demás y céntrica. Allí se daban cita los tratantes, los amos labradores y también los carteristas. Venía a constituir una cita única para poner en evidencia las dotes acerca del buen conocimiento tanto de los animales como de gentes; y así, si a los primeros se leds palmeteba y les eran mirados los dientes, los ojos y las patas – las pezuñas se las miraban más detenidamente – y les pasaban la mano una y otra vez despacio por el pelo del lomo para descubrir vicios y el cariz que tomaban, los segundos, en cambio, se miraban unos a otros bien dentro de los ojos y mensuraban el apretón de la mano, pues en lafranqueza del ojo y en este apretón consistía el trato, la rúbrica de la palabra, el "buen provecho", por lo que apartir de ese instante los animales cambiaban en consecuencia de amo.

... ms de una vez vi a mi abuelo y mi padre volver a casa anchos, como verdaderos caporales conduciendo la pareja nueva, y los vi llegar siempre tan animosos, alegres y esperanzados, tan orgullosos de la compra efectuada, aquella pareja de bueyes que en el futuro habría de sacar de mil atolladeros a un carro gigantesco, cargado hasta los topes y sin que volcara nunca.


VI

... y ya, por ese tiempo en que tienen lugar los carnavales, algo debió quedar de otras épocas lejanas a pesar de la dictadura, alguna remembranza, algún recuerdo o uso génico y desde luego venido a menos, pues las mozas se ponían blusas con antiguas chorreras y rodados de fieltro magníficamente bordados sabe dios cuándo con su faltriquera adosada, y mantones de Manila y peinetas semejantes o aún traídas de Sevilla. Sacaban estas prendas generacionales y un poco raídas del arca negra, donde reposaban todo el año junto a alcanfores, a naftalinas, a manzanas coloradas y membrillos olorosos. ¿ O tal vez fuera la resultante de un dictado tan proclive hacia los trajes regionales ? De cualquier manera, mozos y muchachos, y a modo de antifaz, agujereábamos sacos viejos y nos los poníamos por la cabeza – éramos paparrones, nos decían y decíamos – al tiempo que, semidesérticas las calles, marchábamos por ellas golpeando con palos bombos, culos de calderetos viejos y zambombas. Lo que se pillara.

... y habiendo llegado el miércoles siguiente, el de ceniza, casi todo el mundo se acecaba a la iglesia a que le pusieran en la frente la cruz y la ceniza, reducto último ésta de hojas quemadas y molidas de olivo, de aquellos dos o tres ejemplares que aún quedaban atascados en el minúsculo camposanto, allí, por detrás, a resguardo de la pared de la iglesia y encaramados y estrujados entre montones de piedras e inmensos herbazales, oteando sobre las cruces.

...eran éstos – bien se notaba - días de ayunos y abstinencias rigurosos. Bien lo sabían los vendedores de pescado, que infatigables recorrían pueblo a pueblo y casa a casa ofreciendo anguiletos y congrios que dieran sabor y resalto a las cotidianas patatas que, más que por gusto, eran comidas día a día por necesidad y sin remedio. Era tiempo también éste de compra de bulas obispales y pontificias, a duro y sin rebaja, o a tanto por cabeza, o por familia, bulas ellas económicas y discriminadoras, ya que todas las dispensas del cielo y de la tierra parecían evaporarse de menesteres morales y sacrificiales respecto de la conciencia de los ricos, puesto que a tal categoría, y tras su pago, se otorgaban más prebendas, licencias y liberaciones cuaresmales. El cielo, entero y santo.

... pero ocurrió que, a raíz de una noche de lluvias y vendavales, de desgracias sin cuento, se vino abajo la mitad del techado de la iglesia; y abrió tal hueco que, aunque fueron retirados los escombros y se barrieron y limpiaron arduamente los suelos, las respectivas aras y los santos, resultó harto difícil sin embargo celebrar después misas y demás oficios y liturgias, y no sólo por el frío y lluvia reinantes durante el invierno, sino porque a lo largo de la primavera y el verano los pardales se adueñaban por completo de la parte desvencijada, por donde penetraban asimismo golondrinas y vencejos, los cuales sin cesar revoloteaban y piaban por altares y templo adelante, dando al traste con el recogimiento y los rezos que entre dientes entonaban las beatas o las plañideras en los entierros del mundo, con sus lutos permanentes de por vida, pues el negro – así se noshacía creer – inhibía no sólo lo tocante a sensaciones dolorosas sino también lo que tuviese que ver con amores y cariños, motivo por el que siempre prevendría contra posibles honores descarriados e incluso venganzas posteriores y consiguientes... El negro, por tanto, era más, mucho más que un color, porque a través de él se había decidido extirpar de forma consciente y para siempre el derecho vital a la alegría. El cura, que residía en Fresno, en el pueblo contiguo, a la larga, y dada la persistencia de la iglesia caída, bien pronto dejó de aparecer por Vecilla si no había de tener que ver con asuntos estrictos de boda o inminente sepultura. Transcurrieron en consecuencia años sin misas dominicales ni de ni cabo de año y sin doctrina, sin comuniones, sin arrepentimientos expresos, sin nada... No ocurrió así, por el contrario con la presencia de la Guardia Civil, tan diligente entonces en perseguir y reprimir en domingo y fiestas de guardar (incluso sábados) a los desesperados labradores del hambre, sobre todo a aquéllos que, regando a noria, de los exiguos minifundios y huertos de cuatro pasos intentaban arrancar un rescoldo de vida con que poder seguir. Como ven, bajo las dictaduras hasta en verano puede llegarse a helar el alma.

... así, pues, y viendo que la iglesia caída iba para largo y que el pueblo podría pecar y pecar en exceso y con ello malograrse el alma y la cruzada, parece que el obispo decidió procurar recuperar las ovejas descarriadas, por lo que pronto aparecieron por Vecilla dos frailes, misioneros ellos de pura cepa, cuyo sermón respectivo consistió en dictarnos de nuevo evangelio y catecismo, cosa que llevaron a efecto mediante ejercicios espirituales con rigores de mañana, tarde y noche durante toda una quincena. El hecho es que, tal vez por aquella atención inesperada o por verdadera necesidad de recomponer nuestras debilidades y pactos ancestrales con las cosas divinas – tan lejos ya – el hecho es que el pueblo se lo tomó con interés extraordinario y se sometió con gusto y disciplina a jornadas evangélicas desmesuradas e intensivas asistiendo masivamente a reflexiones, procesiones y predicamentos; hasta nos nació un afán competitivo entre grupos – afán tan audazmente inducido – referente a premios - postales de la Virgen, escapularios, oraciones impfresas... - por interpretaciones de cantos y otras obras místicas y devocionales. Tan así fue que, al final, incluida la despedida a aquellos frailes de prodigioso verbo, albergó manifestaciones excitantes, no exentas, desde luego, de abrazos apretados, promesas y llantinas. Preparados para tales menesteres, eracierto que hablaban bien los frailes predicadores, puesto que no sólo lograron rescatarnos de las garras del Maligno y poner al día las primeras comuniones, sino que consiguieron restituirnos a aquéllas que se hacían una vez al año o por Pascua Florida mientras nos golpeábamos inmisericordes y con insistencia el pecho con el "yo pecador" y nos dejaban en depósito unos cuantos cánticos para el recuerdo y la nostalgia de tal acontecimiento de naturaleza celestial.

... y sólo cuando al mejor postor lograron venderse los álamos de la "huerta del cura", fue cuando pudo repararse la iglesia, pues con su madera y consiguiente precio se pusieron machones, cubiertas y tejas junto a la superviviente espadaña de piedra, sobre la cual, desde los tiempos más remotos, permanecía el nido de la cigüeña, que, después de todo, tan bien cuadraba solo allá arriba, puesto que por su altura y forma parecía acercarnos a los misterios más recónditos y sigilosos del Señor.

VII

... el Día de Ramos constituía una fecha grande, y muy temprano comenzaban a repicar las campanas, mucho antes de la misa, tardía y mañanera. La balconada del campanario en la espadaña, al raso y sin ninguna baranda protectora, se abarrotaba de chicos y mozos que iban alternándose en aquélla doble cuerda atada a los badajos de ambas campanas, hechas éstas con un bronce – decían - venido hacía siglos de lospropios pagos de Padua, de Módena y Verona. En el crucero de la iglesia, desde la tarde anterior, se encontraban amontonados los ramos de olivo que habrían de entregarse a los asistentes a misa en un exultante besamanos, cantarín y limosnero. Eran ramos de olivo que habían sido debida y previamente asperjados y luego redimidos por el olíbano humeante del incensario. Por fortuna aún recuerdo bien la disposición de las gentes y las cosas, pues toda situación respondía a una opción antiquísima de preeminencia en la edad, en el mérito del tiempo, por lo que los más viejos se colocaban delante, rigurosamente en jerarquía ganada ante un Dios-Padre de estricta atrición y en lasestampas de aspecto envejecido. Recuerdo, cómo, no las contadas monedas que se echaban como gran dispendio en la cesta del culto, la perrona y la perrina, como mucho el real, y también el desasosiego que al final, mirándolas, producía al monaguillo tanta escasez y soledad.

... después de todo, el día de la fiesta, mi padre era el paladín de la misa concelebrada a veces y gregoriana. Allá atrás, en torno de él y junto a la pila bautismal, nos reuníamos un grupo numeroso y entonábamos un latín ronroneante y macarrónico, pero eso sí, armonioso y a la vez lleno de entusiasmo. La voz de mi padre conducía y destacaba sobremanera porque tenía una voz alta, clara y bien timbrada. Cuando llegábamos al pasaje que dice " et incarnatus est", mi padre hacía entonces un solo tremendo e impecable, y la feligresía, rodilla en tierra y expectante, se entusiasmaba, miraba para atrás con sigilo y correspondía con afirmaciones entre unos y otros de cabeza, y el fundamento místico del alma llegaba a ser prácticamente tangible, real, en aquel ambiente donde se contenía el aliento a través de un silencio exquisito, oropel santo para el salmista y por completo entregado cantor.

... con sus dos filas, enseguida tenía lugar la procesión. Cada cual, y ya con su ramo, seguía en la calle en la ya citada disposición jerárquica tras la única imagen disponible y a duras penas válida para todas las procesiones: la Virgen con el Niño en brazos. Era una talla diminuta de madera con notorios huecos, obra de polillas y carcomas, talla que sin embargo las mozas casaderas habían adornado con lirios, con claves y rosas, consiguiendo de esta forma la magia y el encanto que requería este momento de entrega y celebración. La imagen se asentaba sobre una peana que la mantenía erguida a base de clavos y de cuerdas, y ésta, a su vez, sobre unas andas que marchaban a hombros de cuatro hombres que se irían relevando a lo largo del trayecto. Detrás – entre asperjes incesantes, cánticos generales e invocaciones del cura – desfilaba la Cruz de Plata, cruz ésta que terminaría desapareciendo durante aquellos años de iglesia caída, sin oficios y de pecados sin perdonar. Bajo palio venía después, naturalmente, el cura, rodeado de monaguillos y desgranando sin descanso incienso en dirección a las puertas carreteras, mudas y cerradas a cal y canto con aquellas llaves descomunales dehierro, giradas siempre con estrépito y dos vueltas. Luego, y en las hileras, caminaban las mujeres casadas y las viudas, luego las aún mozas y por fin las niñas, con las roscas de cera encendida en una mano y ahuecada la otra, con entera dedicación para evitar que se les apagara el cirio. La otra hilera la encabezaban los hombres viejos, luego los maduros, los recién casados después, para continuarse con los muchachos mozos y concluir al fin con los niños. Y nadie podía negar la devoción y halo del momento, dotado éste, eso sí, con una fe torva y tenebrosa a fuerza de atuendos negros y acompañamiento de una tonada indescifrable y latina que ni siquiera – y es de pensar que así fuera – ni los más viejos y versados lograran quizá descifrar nunca ni comprender. Pero lo que realmente contribuía a realzar el desfile era sin lugar a duda el magnífico tañido de las campanas. De justicia es recodar ahora a quienes entonces se convertían paranosotros en verdaderos artífices de interpretaciones rítmicas y memorables que a mí me parecían grandes y heroicas, tales eran sus repiqueteos y quiebros armoniosos, los cuales conseguían que la procesión, el pueblo y el aire, parecieran sucumbir a la emoción, por lo que, de estwe modo, la ceremonia salía del signo de lo tenebroso para quedar exaltada, elevada y dignificada en algo único y a la vez armonioso y fantástico. Por ello, recordar a Alejandro Rubio (Jano) y Valentín Justel (Tinín), mi hermano, no sólo es justo sino crucial, pues tal vez jamás volverán a escuchar los vecinos de Vecilla sonidos de alegría semejante a la que hicieron que emanar de sus manos y su corazón; yo tengo esa alegría aquí, y ni ahora ni nunca podré olvidarla ya.

VIII.


...cuadrara en el mes que cuadrara, allá, por el domingo o Pascua de Resurrección solía haber comedias. Aunque pueblo pequeño – en definitiva aldea, pues es pueblo anejo y ni siquiera tiene ayuntamiento propio - Vecilla de la Polvorosa adquiririó bien pronto, sin embargo, una bien ganada fama en el arte éste de la comedia y la farándula; por lo que ya por octubre o noviembre se comenzaba a fraguar de ordinario el entramado al efecto. Se decidía por entonces la obra que habría de ser representada, se elegían los intérpretes, se preparaban con denodado trabajo y cuidadosamente los papeles y se repartían... Y en el decurso de los días, con qué envidiable tesón se iban reuniendo los comediantes cada noche de invierno para ensayar contra la intemperancia de la incomodidad y el frío. Pero, a la vez que estudiaban y repasaban los textos en tiempo extra sobrepuesto a sus muchos y duros trabajos, la ilusión también iba creciendo hasta concentrarse en aquel gran ensayo general, última oportunidad para cifrar y recibir la buena suerte. Buen recuerdo guardo de Las Mocedades del Cid, de El soldado de San Marcial, de Otelo, de mi madre haciendo monumentales torillas para que cenasen los comediantes y a mi padre en medio de todo... El díaantes de la representación, la preparación del escenario convocaba la curiosidad del pueblo entero y cada cual aportaba cuanto podía y requerían tanto la escenografía como el detalle en cuestión, aportes que daban un ponderado y lustroso fruto a base de colchas, cortinas y manteos de los más variados y avivados colores. Levantado y remirado por fin el escenario justo delante de la iglesia, a sus pies quedaba completamente la plaza, ancha, larga, redonda y abierta como ninguna. Poco después habría de llenarse a rebosar por gentes que, venidas desde toda la comarca, allí se dejarían gargantas y manos a fuerza de vítores y entusiasmo, de aplaudir y agradecer en cada tramo a las mujeres y hombres de la escena y al final de la representación, ofrendada ésta bajo un clamor sin límites.Algunos de tan esforzados taumaturgos están ahí, declamando con renovada pasión aquellos versos que puestos en sus bocas y matizados por sus caras, sus cuerpos y sus manos hicieron felices a una multitud. Gracias a todos, benditos sean.

IX
...y enseguida, un poco más tarde en el año, se acercaba la época propicia para cavar a mano las viñas, los bacillares, que nadie como mi abuelo dicen que lo hacía por el cariño, la rapidez, fuerza y trecho que respecto a los demás abría. Trabajo descomunal éste del cavado de viñas, puesto que a cualquiera podía hacer quese resintiera de sus fuerzas, y que a golpe de azadón proporcionaba a las cepas aquél preciado tempero de la tierra abonada y luego removida para atraer en los racimos y dorar la vida.

... mientras tanto, más largos los días, los chicos, una vez fuera de la doctrina y de la escuela, matábamos el tiempo en la búsqueda nido nuevos, de acederas y primeras arbejacas, o promoviendo peleas de perros, feroces y tremendas, donde los dientes se confundían con las carlancas de pinchos formidables y la sangre de las bocas se mezclaba con la que manaba de orejas y cuellos, a veces todos ellos horriblemente rojos y desgarrados. (... digo con todas mis fuerzas, que qué terrible fue este tiempo medieval de las costumbres del alma; sólo supresión definitiva para este tiempo y olvido le deseo) Pero decía que, de tarde en tarde, y lejos de la escuela, a los muchachos también solían llevarnos a arrancar ajenijos, a escardar hierbas en resumidas cuentas. Era por entonces cuando los mayores sembraban la remolacha con aquella máquina en forma de embudo que iba dejando caer las granas a reguero sobre la hendidura abierta sobre la tierra, y que luego habría de ser cerrada y elevada para formar definitivamente el surco. A los pocos días de nacida, transversalmente, con la hazada, se hacían los "claros", para enseguida, y también a mano, planta a planta entresacarla, dejando únicamente el tallo más alto y fuerte, a fin de cuentas la planta más valiosa. Más adelante, y a pura pala sola, se hacían los canteros, por lo que a fuerza de tirar tierra sobre tierra, el campo quedaba erado y dispuesto precisa y preciosamente para el riego de motor o noria, desde donde el agua fresca, enamorada y ciega, correría a lo largo de inmensas "regaderas" o canales, adentrándose entre surcos, colmando así el laberinto de la sed y propiciar en suma el triunfo del trabajo y de la vida.

X

... a altas horas de la última noche de abril tenía lugar un curioso conciliábulo, o quizás contubernio lúdico de mozos, dado que en él se decidía qué chopo seco de los contornos habría de ser subrepticiamente cortado y traído para poner "El Mayo". Y allá iban los conspiradores, empujando y tirando de un carro sin ganado de tiro y de noche. Cortado el chopo, lo echaban al carro y a duras penas lograban llegar con el último resuello, para, una vez cortados nudos y ramas, con sogas y maromas enderezarlo y clavarlo por fin en un gran hoyo en medio de la plaza. Y el chopo de nadie se alzaba alto, solo, majestuoso, acerca del cual no se admitían ni acertijos ni preguntas acerca de propiedad ni procedencia.

... al día siguiente, mediante dos escaleras de mano unidas, alguien subían al mayo a buena altura y colgaba un gallo, lo ensebaba luego, y a continuación se celebraba un concurso multitudinario a fuerza de enfrentarse astutos, mañosos y valientes. Y por El Mayo trepaban ciegos como por la propia historia arriba, porque era un rito que se cumplía a rajatabla y se nos había olvidado ya la razón de aquel porqué y desde cuándo se celebraba.

XI

... y mes abajo se llegaba a la Ascensión con sus primeras comuniones, jamás de marineros ni de encajes blancos, pero eso sí, siempre de estrenos, si es que no lo había sido el Día de Ramos, dado que ambos porfiaban en la igualdad de este reparto.

.. el domingo siguiente era el de Hábeas, fiesta Sacramental de Vecilla, con segundo día de parranda o tornafiesta, y en el que la parentela comarcal, alegre y bulliciosa, lustraba la mañana al cobijo de una dulzaina que vertebraba ya temprano las calles con su sonido especial y chispeante, moviendo los cuerpos de aquella juventud tan dada y dispuesta a enamorarse de las cosas que de sí daban los amores y la música. Ya, en la misma madrugada, la portalada de la iglesia aparecía engalanada y cubierta con un arco triunfal corrido, hecho con follaje entrelazado de chopos y támara, de álamos y flores. Y de parecida forma, tras clavar ramas en el suelo, toda la plaza se convertía en un plantío improvisado, en ribera, en rosal de pronto florecido en aquel corto espacio de la noche. ¡ Bien recuerdo – por otra parte -la primera fiesta en que don José "el Negrito" cura nuevo entonces y procedente de Santa María de la Vega, riñó con la mocedad porque no le permitió el baile agarrado y la fiesta quedó al final en nada, pues en verdad fue una fiesta como sin fiesta, una fiesta en la que la música optó por callarse definitivamente y en la que gente anduvo de acá para allá como mohína, como acobardada y sin sustancia, como constantemente recordando, como temerosa y triste. Así resistían aún los tiempos circulares venidos del dogma y del medioevo, y porque también los palios resistían, y porque allí estaba con apoteósica fuerza aún la dictadura, en Vecilla, dura y seriamente, allí mismo, ern mi pueblo.

XII

...cuando maduraban las guindas eracuando llegaba el tiempo de echar la vacada al prado, por lo que, al dan-dan de la campana grande, de cada casa, y alrededor de las diez de la mañana, iban saliendo los ganados en dirección a las praderas comunales, las cuales, inmensamente verdes y floridas, se extendían a ambos lados del río. Y justo, a la puesta de sol, se recogía. Pero allí permanecía, día a día bajo el cuidado del vaquerizo y su familia, ganando la soldada a tanto alzado hasta bien cumplidas las postrimerías del verano.


... tras la siega de la hierba de los plantíos, tras su recogida y encalque en pajares y cobertizos para forrajes de invierno, urgía por momentos recoger ya la cebada, el trigo después, y también el centeno si lo había. Por tanto, se disponían bien afiladas las hoces y guadañas, y a buen recaudo los manguitos, los dediles e incluso las polainas, y, dentro del cuerno con agua, la piedra de amolar. Se procurab a que estuviera asimismo a punto el cuerpo con el sombrero de paja, la barrila y los jornaleros por días, por horas o a destajos, y así fuera mediante dinero o por celemines de trigo, que tan diversas venían a sentirse las necesidades más elementales del ser en su río de eternidad en los pueblos de León y Castilla.

...en consecuencia, por estos días los segadores eran gentes de clase especial. Bajo un sol de justicia rebanaban las cañas con avidez, y lo hacían con precisión milimétrica entre sí y "atrás no te quedes", a golpe de riñón, sin levantar la cabeza, ordenadamente; y dejaban la tierra segada con aquel precioso pálido-amarillo del rastrojo que parecía el oro. Estando en esto, y detrás, venían las atadoras componiendo gavillas, mañizos o haces sin miedo alguno al aguijón de las argañas, diseñando con enjundia ancestral simetrías perfectas en cada atado de un honor de trabajo a la vista. Y a su vez, cesto en ristre o con talega al lado, los muchachos respigábamos cuando ya los haces se apiñaban formando a lo largo de los predios con esmero y arte las "morenas". Hecho mayor de reconocida factura artesanal – en carros con pernillas - brindaba el componer muchos y bien ajustados manojos y bálagos sueltos para llevar a las eras; eran perfecciones de propio intento buscadas, pues concentraban y exponían ante lavista general orgullos y honores campesinos crecidos a base de desastres y destrezas, ocasiones eran por tanto para el aprendizaje y el lucimiento, pero ay, también de envidias traídas desde antaño, de ojerizas, de celos renovados, de venganzas persistentes que ocultaban secretos como hachas o afiladas lanzas entre individuos y familias.

... con el verano por centro, sin duda alguna la era representaba el corazón, el manjar y el vientre del verano. Constituía la concentración material por excelencia, la totalidad mística del año. A mí la era se me antojaba hermosa como un racimo de verdades cercanas y profundas. Dos enormes predios comunales verdes, uno a cada lado del pueblo, albergaban – por rumbos sucesorios o por mero uso y posesión de estirpes olvidadas – estos fundos vecinales. El ruedo mismo de la trilla ocupaba el centro, y, en el frontal, la meda, con un hueco rectangular en su interior dejado aposta y destinado a poner momentáneamente a salvo de canículas y dar reposo a cachivaches como tornaderas, palas de "tornidar", bieldos y todo tipo de instrumentos asociados con la sed, el calor o la sombra. Si quedaba espacio, y había medios, se levantaba una choza al estilo indio con troncos y ramajes de paleras, álamos y chopos, bien tamizada contra un sol abrasador que acosaba con saña a los trilladores, siempre a la redonda, sobre trillos de Cantalejo (Segovia) trillos bien dotados de pedernales en hileras perfectas con filos de cuchillo. Al mediodía, y en la vertical del sol, se "tornidaba", se daba vuelta a la trilla; y al sol puesto, bien molida la paja, se enganchaban los bueyes al cambón y la trilla se apañaba. Era éste un momento de máximo regocijo y jolgorio de chicos y chicas que venían a ayudar en el amontone, pero también al divertimiento de elevarse hacia el cielo con el cambón, de sentir el vahído subiendo por el montón arriba y luego bajar rodando y dando y dando tumbos entre la paja al oreo de bragas y pellizcos, pues que tan pocas oportunidades de ningún modo ni de ninguna manera debían ser mermadas, ni siquiera por infinitos carreras, alborotos, ni escándalos efímeros a base de risas y gritos.

... poco apoco y de esta forma, montones cónicos y parvas iban así dando forma y linde al entorno de cada era. El solar de pradera era barrido con aquellas escobas rallonas de arzolla, o de ripia, artesanía castellana a fuerza de remojones, de ataduras de encaño y alambre o cuerda bien ceñida. Eran escobas puras como la vida, porque todo lo barrían y con su peso llevaban por delante.

... y ya, más o menos hacia finales de agosto comenzaba la limpia. Para ello, sacábamos aquella máquina de Ajuria con cerandas múltiples y manivela única, donde tantas horas y brazos semejarían partirse para lograr la última parte del milagro: cuando el grano aparecía al fin cayendo junto y dorado, al tiempo que acariciado una y otra vez en la palma de la mano al quedar limpio y tocar la pradera balda abajo... Tal era el sentimiento, el conjunto del mundo, el resumen de sudores y esfuerzos escurriéndose al fin entre los dedos.

... cual parte del corazón de Dios oculto por la casa, y sin discusión alguna, aserto delicado y entrañable merece que se haga a la panera. Por tradición, y en aquel tiempo, casi todas las paneras castellanas y leonesas se hallaban en la segunda planta. Los sacos y las quilmas repletos de grano, cuesta arriba por escalera arriba - como casi todo - se subían a la espalda, y se iban derramando sobre la tarima dispuesta y limpia del sobrado. La cebada en una parte, en otra el trigo, y, en medio, la romana, colgando de un machón o viga fuerte del techado; y, no lejos, allí andaban el doble y el celemín... Y casi a la vuelta de la esquina, al cabo de escasos días, llegarían también las nueces, las castañas y los pimientos morrones, exuberantes y rojos, para compartir con peras y manzanas el soporte y la belleza inusitada y dorada del trigo. ¿ Podéis, pueden ustedes imaginar esta belleza sin par de la panera si enseguida añadimos aquellos artísticas ristras de racimos de uvas que habrían de durar para enriquecer los dones dela mesa en Navidad ? ¿ podéis ? ¿ acaso pueden, digo... ?

... el siete de septiembre los pajares solían encontrarse ya dispuestos. El carro de bueyes con portones y redes se cargaba a pie de era y lo componíamos tremendo, hasta los topes, bien apretado, haciendo estallar con paja los zurrones. Y de nuevo por las calles el equilibrio y perfección esquivando baches y esquinas, atemperando la marcha, guiando meticulosamente a los animales hasta llegar a su destino. Y ya, junto al boquerón del pajar, y de fuera a dentro, los zurrones se abrían y, con la bielda, la paja se lanzaba hacia dentro de forma intermitente, cadenciosa y en silencio. En el interior se encontraban los encalcadores, aspirando aquellas oleadas asfixiantes de polvo que se desprendían inmensas al chocar el envío de paja contra el fondo. Sin embargo, nunca solíamos faltar a la cita de los pajares los muchachos y muchachas porque, aparte del evidente encalque, de ningún modo dejábamos exenta esta ocasión de renovados y fugaces amoríos, que tan a oscuras y en tan azaroso momento se nos presentaba.

... con verdadero empeño, se terminaba esta labor de recogida de la paja el día siguiente al mediodía, y, desenganchados los bueyes, y en tropel casi, salíamos corriendo y nos tirábamos de bruces desnudos o con ropa al río, expeliendo por la nariz y la boca las aspiradas mugres del mundo, aquéllas tragadas despiadadamente en los pajares, en los carros y debajo de los boquerones. Ya, con ropa limpia y sin comer apenas, y corriendo del mismo modo, salíamos de casa y cruzábamos descalzos el río por el vado de abajo, camino de aquel apeadero de ferrocarril de Villabrázaro para ir a Benavente, apeadero por el que, sin detenerse, tan deprisa pasaban los trenes y ómnibus de primera clase. Otros irían en caballería, o andando y con la cesta de mimbre o el serillo colgado al hombro, monte del Mosteruelo adelante. Y, al llegar, ese día Benavente se encontraba siempre espléndido, magnífico. Un trajín de gentes removía todo: las calles, las posadas, los cafés, el hermosísimo paseo de la Mota... Solía haber corrida de toros, y marionetas, y circo, y hasta funciones de cine y de teatro. Uno se quedaba absorto deambulando por Santa María, por la Soledad, por la calle Herreros o La Rúa; o bien perderse entre la barahúnda inmensa hasta encontrarse unos con otros y celebrar ese mismo día un santo atrasado, o alegrar el gaznate con una buena pinta, o con pasteles inmensos, o ricas mantecadas recién hechas; en definitiva huir un rato de tanto afán y golpe habido y contenido a fuerza de ser héroes y supervivientes a lo largo del año.

XIII

... por el sonido de los ejes de los carros se conocía bien al que por la calle pasaba en la madrugada, pues tanto pueden madurar el conocimiento, los años y el uso profundo del vivir. Pero ya está aquí septiembre madurando sueños y habas, habas, digo, como las de riñón, las más selectas, blancas y suaves, como de manteca en el momento de ser cogidas. Se arrancaban las matas al amor del rocío para que no se desgranaran y quedaran sobre los surcos y de nuevo al carro y a la era, y, tras orearse, a varearlas con insistencia, tendidas en el césped. Alguna colecta de garbanzo había, o de alguna otra alubia, de medio riñón, o redondilla, o pinta, si el recuerdo no me falla.

XIV

... estamos en octubre, y con la segunda semana llegaba la época general de las vendimias. Al otro lado de Morales – el del Rey, digo – buscando los caminos de Quiruelas, de Santa María o Quintanilla, diseminados aquí y allá se encontraban los viñedos, muchos o pocos, grandes o pequeños, que de todo había. Uvas de jerez y moscatel, verdejo, de tinta Madrid, de picudo y albillo... Tanto brillaba el sol que aún sigue brillando porque lo veo y el amo va delante los bueyes con marcha lenta, enjaezados éstos con las melenas nuevas y al cuello cencerrones, emitiendo atodo trapo un repique melodioso y enorme. Todos los demás a pie o en el carro al son de la alegría, dispensando bromas o chistes, o simplemente disparates o canciones en torno a talegones y talegas que pronto habrían de llenarse con la flor y el hurmiento de la lluvia, del rocío y el sol.

...y cómo relucían los racimos, pues parecían gemas apiñadas al socaire de las hojas verdes, amarillas y rojas de las cepas. Y era asombroso porque podíamos picar de aquí y de allá y hasta de casi más allá del bacillar y del óvalo de la tierra. Qué atracción tan poderosa ejercían aquellas uvas a punto de reventar y tan sabrosas, tan en su punto y aun tiempo nuestras. Talega a la cadera, podinche en mano y por parejas, y también po corazones y edades, en un instante el campo constituía un espectáculo incomparable de fiesta civil y hermosa, una fiesta que vagada tras vagada iba encendiéndose con cantos, con saludos de mano enviados desde lejos, con risas abiertas, con relinchos inesperados y ojos de caballos y bueyes que miraban francos la sintonía viva de las gentes del odio profundo a un palmo de la inocencia...

... y con la talega al hombro, y luego volcada boca abajo, se iban llenando los talegones que, cual estatuas de Pascua, en la cabecera de la viña esperaban impasibles y tiesos. Y bien recuerdo ver bajar - lejísimos aún y apenas perceptible, por la cuesta grande de Morales - a mi madre con la yegua roja y las viandas calientes del almuerzo, recién hechas. Y no habrá, de ningún modo, olvido alguno para los pimientos morrones con su caldo rojo, tan típicos, con aquel tono picante que tanto agradecíamos, capaz de entonar hasta a los muertos. Comíamos los vendimiadores a la vera del la rueda del carro, sentados sobre piedras y talegas, en círculo, sobre el brocal del aire. Y destilábamos un hambre pura y fresca, hecha allí mismo, cosechada al amor de las uvas del mundo y a la brisa de los sierros circundantes: los hermosos pagos, arcillosos y rojizos de Morales.

...desvaída la tarde, los carros, cargados, retornaban buscando el rellano en la portalada de la bodega. Y mientras los hombres – y algunas mujeres – subían los talegones a la espalda hasta los ventanos y despeñaban desde la altura la uva, las mozas se "atondiaban" y ponían vistosas, y aun agolpe de mano y escupiña se apresuraban para darse el último retoque. Enseguida, y deprisa, se urdía la merienda, justo cuando, por el oeste, cúmulos de nubes tejían ya sarpullidos de fuego y entorchaban el cielo con ribetes purísimos de amarillos y púrpuras. Con regocijo se gloriaba la tarde de esta forma allá donde Teleno se orilla y se remansa, donde se recorta en la altura y en la distancia parecía alzarse como un gran oso pardo que pretendiera tocar el cielo junto a dioses de ámbar y fulgentes astros.

... cual arrabal de laberintos, y arriba y abajo, por cualquier parte, las bodegas salpicaban las laderas del cerro. No caían encima de las casas de Morales porque Baco, tal vez previéndolo, parecía que sostuviese desde muy antiguo arquitecturas internas y mágicas de arcilla agujereada en redondo, con los cubetos en los laterales y el lagar al fondo, para corriendo en el aire, por el mismo centro, encontrar la viga de lagar, o viga madre, enorme, con su rosca apoyada sobre una piedra robusta y granítica, cúbicao redonda pero de proporciones inmensas, sobre la que, cual sede inmemorial, reposaban por tradición las llaves saturnales y los cirios. ¿ Pueden algunos de ustedes recordarlo, lo pueden recuerdar aún... ?

... en pocos minutos, y al grito moceril de &qu


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